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El arma es la ciencia

Rafael de Rojas, Abogado.
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Rafael de Rojas, Abogado.

OPINIÓN: Por Rafael de Rojas, abogado

martes 12 de mayo de 2020, 08:30h
No cabe duda que el mayor asesino de la historia es la peste, es decir, son las bacterias y los virus los que han provocado las grandes pandemias de nuestra historia. id:58432
Ni asesinos en serie ni dictadores genocidas han alcanzado las cifras de muertos que ha causado históricamente la peste, esa “Enfermedad contagiosa y grave que causa gran mortandad” según el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

La Peste es un enemigo conocido desde hace mucho tiempo. Ya en la Grecia clásica hay documentada una epidemia en Atenas en el siglo V a. de C. durante la Guerra del Peloponeso. También a mediados del Siglo II el Imperio Romano sufrió una de estas plagas: la Peste Antonina. Siendo emperador Marco Aurelio, en las Legiones que se encontraban en Egipto apareció una extraña enfermedad, posiblemente viruela, sumamente contagiosa y mortal. Creyendo que se trataba de una maldición por la profanación de alguna tumba o templo sagrado las tropas regresaron apresuradamente a Roma, y difundieron así la enfermedad por todo el Imperio, llegando a extenderse hasta la Galia y las márgenes de Rhin. La epidemia diezmó la población de Roma, que no supo combatirla.

Pocas décadas después la historia se repitió: estando el emperador Severo en Egipto, de regreso de su lucha contra los Partos, un brote epidémico se desató entre sus legionarios. El emperador acertó en su decisión y en lugar de encomendar la labor a los legados y tribunos de sus legiones puso al frente de la lucha contra la enfermedad a su médico personal, el griego Galeno. Este, en lugar de huir precipitadamente, aisló las legiones en el desierto egipcio durante algunos meses, evitando al máximo el contacto de los sanos con los infectados. Resultado: apenas unos centenares de muertos.

Pero no todo fueron aciertos del emperador quien no permitió ni entonces ni después que Galeno diseccionara los cadáveres y estudiase los órganos de los fallecidos pues era contrario a las creencias religiosas de la época. No permitió el avance de la ciencia.

Desde entonces las epidemias se han sucedido a lo largo de la historia: Los nativos aztecas y mayas tras la llegada de los españoles en el siglo XV fueron diezmados por la viruela; Europa vio mermada su población en el siglo XIV por la peste negra; el cólera asoló la costa norteafricana en el siglo XIX tras la colonización francesa; las gripes española, asiática, o de Hong Kong causaron estragos entre la población en el siglo XX. Luego el Ébola, el VIH, etc.

Ahora, en el siglo XXI ha llegado el COVID19. No es ni mucho menos la más letal de las pandemias padecidas por la humanidad, por lo menos de momento. Se repite la historia: enfermedad, contagio, miedo y muerte, y el aislamiento como medida de lucha para contener al enemigo. Aún así el confinamiento de la población es sólo una estrategia útil para combate, no el medio que puede derrotar a la peste: el arma es la ciencia. Pero seguimos repitiendo los errores que ya cometimos hace más de veinte siglos y los gobiernos siguen siendo incapaces de aplicar la solución más lógica: invertir en ciencia e investigación. Sabemos qué táctica aplicar pero carecemos de las armas adecuadas para combatir las epidemias, y esas únicamente nos las pueden facilitar los laboratorios.

No hay nada malo en que los militares vayan uniformados con batas blancas y mascarillas, y dotados de motobombas y fumigadores, siguen siendo soldados que combaten al enemigo común. No se matan microbios a cañonazos sino con vacunas. De otro modo estaremos desoyendo a Confucio o a Napoleón, o a quien realmente dijera aquello de que “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”, y la siguiente epidemia de peste nos encontrará tan desprotegidos y sin medios para atajarla como nos ha encontrado el COVID19.

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